Sebastián Barajas Caseny
La conversación con Sebastián Barajas empieza con una afirmación incómoda, casi provocadora, pero profundamente honesta: el sistema educativo, tal como lo conocemos hoy, está llegando a su límite. No es una frase lanzada al aire ni una crítica superficial. Es la reflexión de alguien que lleva más de cuatro décadas vinculado al mundo de la tecnología, la empresa y el aprendizaje. Alguien que ha visto cómo cambian las organizaciones, cómo evolucionan los mercados y, sobre todo, cómo aprenden las personas.
Sebastián tiene una trayectoria singular. Comenzó su carrera empresarial en los años ochenta, cuando el término “emprendimiento” ni siquiera formaba parte del lenguaje habitual. Junto a varios socios lanzó en España una aplicación de gestión financiera para empresas, un proyecto tecnológico adelantado a su tiempo que acabó siendo adquirido por Arthur Andersen, compañía que años después evolucionaría hacia lo que hoy conocemos como Accenture. Aquella experiencia lo llevó a trabajar durante una década en el ámbito de la consultoría, participando en el desarrollo de una disciplina que hoy resulta fundamental en cualquier transformación organizativa: la gestión del cambio.
Ese contacto con las organizaciones y con la evolución de las personas dentro de ellas despertó en él un interés profundo por el aprendizaje y por el comportamiento humano. Con los años, ese interés cristalizó en un proyecto propio: Ubiqum, una escuela tecnológica centrada en un enfoque radicalmente distinto de aprendizaje. Una escuela construida sobre una idea sencilla pero poderosa: las personas no aprenden escuchando, aprenden haciendo.
A lo largo de la conversación aparecen paralelismos constantes entre el mundo del aprendizaje y el mundo del deporte. Algo que, desde mi propia experiencia entrenando equipos, resuena con mucha claridad. Nadie aprende a lanzar tiros libres escuchando una conferencia sobre la teoría del tiro. Nadie mejora en baloncesto leyendo un manual sobre cómo botar el balón. En el deporte, entrenamos. Practicamos. Fallamos. Corregimos. Volvemos a intentar.
Ese proceso —objetivo, acción, error, reflexión y mejora— es exactamente el mismo que define el aprendizaje real en cualquier ámbito.
Sin embargo, el sistema educativo tradicional se construyó sobre una lógica muhttps://www.linkedin.com/in/sebastianbarajas/y distinta. Durante décadas hemos organizado el conocimiento en asignaturas, hemos basado el aprendizaje en la transmisión de información y hemos evaluado a los alumnos mediante exámenes que premian, sobre todo, la capacidad de memorizar. Un modelo que, en su momento histórico, tuvo sentido. Pero que hoy empieza a mostrar límites muy claros.
Sebastián plantea algo que invita a reflexionar con calma: el problema no es únicamente qué enseñamos, sino cómo lo enseñamos y cuándo lo enseñamos. El aprendizaje humano está profundamente vinculado a la motivación, al contexto y a la experiencia. Cuando alguien tiene un objetivo claro y significativo, está dispuesto a esforzarse, a equivocarse y a perseverar. Cuando ese objetivo no tiene sentido para la persona, el aprendizaje se convierte en un trámite.
Es una diferencia fundamental.
En el deporte lo vemos todos los días. Los jóvenes que llegan voluntariamente a entrenar lo hacen porque quieren mejorar. Puede que tengan dificultades, que se frustren o que les cueste gestionar el error, pero existe un motor interno que sostiene el proceso: la motivación. Esa motivación cambia completamente la relación con el esfuerzo.
En cambio, cuando el aprendizaje se percibe como una obligación abstracta, desconectada de la realidad, lo que aparece con frecuencia es desinterés, ansiedad o incluso rechazo.
Durante la entrevista también surge un tema que preocupa cada vez más a quienes trabajamos con jóvenes: la gestión de la frustración. Vivimos en una sociedad mucho más permisiva que hace décadas, donde la autoridad se ha transformado y donde las nuevas generaciones crecen en entornos radicalmente distintos a los de sus padres o abuelos. Eso tiene aspectos positivos, sin duda. Pero también plantea nuevos retos.
Muchos niños y adolescentes tienen hoy menos tolerancia al error, menos paciencia con los procesos largos y más presión emocional. No es un fenómeno que pueda explicarse únicamente desde la escuela. Tiene que ver con la cultura, con la tecnología, con el ritmo de la sociedad y con las expectativas que generamos alrededor de ellos.
Aquí aparece una de las ideas más interesantes de la conversación: el papel del profesor o del formador también está cambiando.
En el modelo clásico, el docente era principalmente un transmisor de información. En el modelo que propone Sebastián —y que cada vez vemos más en entornos de aprendizaje avanzados— el profesor se convierte en algo distinto: un acompañante del proceso de aprendizaje. Alguien que guía, que da feedback, que ayuda a desbloquear problemas, que observa cómo piensa el alumno y que también acompaña la dimensión emocional del proceso.
Es un cambio profundo. Porque aprender no es solo adquirir conocimiento. Aprender implica enfrentarse a la incertidumbre, equivocarse, gestionar la frustración y desarrollar confianza en la propia capacidad de mejorar.
Por eso, cuando hablamos de formación —ya sea en el deporte, en la empresa o en la educación— no estamos hablando solo de contenidos. Estamos hablando de personas.
También hablamos de cultura. Y cambiar la cultura, como sabemos quienes trabajamos en transformación organizativa, es probablemente lo más difícil de todo.
El sistema educativo actual nació en un contexto histórico muy concreto. Muchas de sus estructuras se diseñaron en el siglo XIX, en una sociedad industrial que necesitaba orden, estandarización y transmisión masiva de conocimientos básicos. Ese sistema permitió algo extraordinario: democratizar el acceso a la educación y abrir oportunidades a millones de personas.
Pero el mundo en el que vivimos hoy es radicalmente distinto.
La tecnología, la inteligencia artificial y la velocidad de los cambios están transformando el tipo de habilidades que realmente marcan la diferencia: la capacidad de aprender continuamente, de pensar de forma crítica, de adaptarse y de resolver problemas reales.
Eso obliga a replantear muchas de las estructuras que damos por sentadas.
Sebastián lo plantea con claridad: probablemente no existe una solución única ni un modelo perfecto diseñado de antemano. Lo que necesitamos es experimentar, probar, aprender de los errores y construir nuevas formas de aprendizaje basadas en la realidad.
Curiosamente, ese enfoque se parece mucho al que utilizan las mejores empresas tecnológicas cuando desarrollan productos. Se empieza con una versión inicial, se observa cómo funciona, se corrige, se mejora y se vuelve a probar. Proceso iterativo. Aprendizaje continuo.
Exactamente lo mismo que ocurre cuando un deportista entrena.
Al final de la conversación aparece una reflexión que, personalmente, me parece muy potente. Durante décadas hemos asumido que el sistema educativo es algo fijo, algo que simplemente existe y que debemos aceptar tal como es. Pero quizá ha llegado el momento de volver a hacernos preguntas.
Preguntas sobre cómo aprenden las personas.
Preguntas sobre qué tipo de educación prepara realmente para la vida.
Preguntas sobre cómo acompañar a las nuevas generaciones para que desarrollen no solo conocimiento, sino también criterio, resiliencia y capacidad de adaptación.
Son preguntas incómodas. Pero también necesarias.
Porque educar, formar o entrenar —ya sea en una empresa, en un equipo deportivo o en un aula— no consiste solo en transmitir información. Consiste en desarrollar personas capaces de enfrentarse a un mundo complejo.
Y eso requiere liderazgo.
Si este tema te interesa, te invito a escuchar la conversación completa. Hay muchas más ideas, ejemplos y reflexiones que merecen ser exploradas con calma. Estoy convencido de que, tanto si eres formador, directivo, entrenador o simplemente alguien que cree en el poder del aprendizaje, encontrarás en ella muchas preguntas que merece la pena seguir pensando.
Hoy, con todos nosotros, Sebastián Barajas Caseny.
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