Liderar es reconocer lo que no se ve
En los clubs deportivos, cada fin de temporada se produce la misma reunión, sobre todo en los clubs que quieren codearse con la élite, y la pregunta es la misma en todos y cada uno de ellos: ¿quién es bueno?, ¿a quién hemos de cortar?
Es un método cruel, sobre todo para niños y adolescentes, pero los coordinadores y, sobre todo, los entrenadores quieren jugar lo más alto posible porque los padres que se quedan pueden lucir que su hijo juega en liga oro o preferente. Los padres que se quejan ven que les pueden cortar sin contratiempos y los niños ven que lo que se premia no es mejorar, sino rendir.
En estos pequeños cuatros de mayo que tan bien reflejó Goya, hay siempre un damnificado, que son todos. Desde el niño que se ha de despedir de sus compañeros, los que se quedan, los padres y el entrenador, que hereda un equipo que han construido como un Frankenstein a base de las mejores piezas de otros lugares.
Pero me quiero detener aquí en el niño que expulsan del club por carecer de un talento que se mide, un talento que se pueda reflejar en un acta. Quizás el niño al que le invitamos a cerrar la puerta por el otro lado es el niño que hace que el equipo funcione, el que ejerce de líder en el vestuario, el que con una simple mirada consigue que los demás suban su nivel en los entrenos, que bajen el culo en defensa y que muerdan todos los balones. Estos perfiles, que no aportan puntos pero que elevan al resto, son las víctimas de los finales de temporada.
Del mismo modo, nos encontramos en las empresas con profesionales que no hablan en las reuniones, que no participan en las fiestas que montan los de RR. HH. para su propia gloria, pero que, de forma extraña, son a los que miran el resto de compañeros para aunar esfuerzos y entregar un proyecto; los que suavizan los roces normales entre departamentos y a los que todos consultan y que él, en su paciencia, aconseja y guía para que sus objetivos estén alineados, al menos un trimestre más.
Para mayor gloria, son los que saben cómo funciona cada pequeño detalle, cómo conseguir las pequeñas mejoras que pueden llevar a cobrar un bonus o reducir personal. Pero, como no son esclavos de la exhibición pública, se guardan los comentarios porque nunca encuentran una persona que pierda cinco minutos con ellos, o ellos ya no confían en los líderes de tarjeta, que en vez de sumar como grupo se apropian de ideas ajenas.
Si esta situación no fuera poco, además contratan consultoras que, tras un PowerPoint lleno de colores y conceptos más artísticos que accionables, concluyen, sin decirlo: hacer lo que dice Paco, pero disfrazado de otro nombre, otro proceso, otro modelo y con el nombre de postín de la consultora.
Este perfil, este Paco, Ana, Fran o como se llame, es el que seleccionan los líderes que no conocen a su equipo, directivos desconectados que llevan a departamentos a pasar de sobrevivir en las tormentas a fracasar en los buenos tiempos.
Uno de los objetivos de toda organización sería detectarlos, cuidarlos, formarlos y motivarlos para que ese talento no quede eclipsado por egos, sino que brille y guíe al resto de sus compañeros a conseguir las metas que antes creían imposibles, pero ahora están al alcance de un pequeño esfuerzo extra.
La próxima vez que evalúes a alguien —en un club o en una empresa— hazte una pregunta incómoda: ¿estoy midiendo lo visible o estoy entendiendo lo valioso? Si solo premias el brillo inmediato, perderás el talento que sostiene al equipo cuando nadie mira. Detecta a esos perfiles, habla con ellos, dales espacio y responsabilidad. Porque las organizaciones que ganan no son las que más exhiben, sino las que mejor reconocen y activan el talento invisible. Y eso empieza por una decisión concreta: la tuya.


