Learning to fly
Me gusta mucho esta canción de Pink Floyd, sobre todo este verso: “A soul in tension that’s learning to fly, condition grounded but determined to try”. Y esto me ha recordado que soy un gran fan del efecto Pigmalión: que una persona sea capaz de ver todo tu potencial, que te apoye ciegamente y que esté a tu lado durante el proceso nos convierte en todo lo que podemos ser. El problema es que a veces somos muy aficionados a dar dos palmadas en la espalda y luego dejar a la gente a su suerte.
No me gusta nada —y lo hablé hace poco con una persona importante— la gente que te dice “sí, tú puedes” y luego desaparece. Si te va bien, fantástico; y si va mal, es cuando empiezan los problemas. Dar apoyo a la gente no es simplemente decir que alguien es bueno, es quedarse en el camino para conseguirlo. Pero no solo eso: para mí lo más importante es hacerle sentir todo lo que es capaz, que se lo crea y, acto seguido, ser capaz de darle las herramientas si a la primera no sale.
Porque seamos honestos: fuera de LinkedIn, nadie consigue el éxito a la primera. Cada éxito tiene asociada una lista larga de intentos y pruebas que no quedan bien en esa foto final que nos quieren vender. Y es en estos rechazos cuando realmente me gustaría que apareciera una figura clave. Esa que, cuando tu ilusión se estrella contra una realidad que no está preparada para aceptar lo que le estás ofreciendo —ya sea maquinillas de afeitar, una librería online o directamente que te gusta llevar camisas rosa chillón—, esté ahí. Tú puedes decirles a todos y cada uno de ellos “los sueños empiezan con un primer paso”, “todo lo que necesitas está en tu interior”, “tú vales mucho, campeón”, y quizás la primera bofetada de realidad te la puedas comer, pero a la tercera el ego sufre y comienzan los abandonos, comienzan las crisis y muchos talentos adelantados a su tiempo no consiguen resistir. Por ser diferentes al grupo y por querer encajar, aceptan un rol y un trabajo gris y oscuro para olvidar que en un momento dado tuvieron un sueño.
¿Cuántos talentos han quedado en el camino cuando, al verse rechazados, todos los que les felicitaban por la idea y les daban palmadas habían desaparecido? Es más: ¿y si tiene éxito al principio y al final acaba fracasando? ¿Cuántos amigos te quedan? ¿Cómo se queda la autoestima de una persona cuando en realidad se da cuenta de que nadie se había preocupado de verdad por él?
Estos momentos de duda, estos momentos de lanzarse a la sociedad —ya sea con un producto o un proyecto— son cuando somos más vulnerables. Si me pongo a pensar, me vienen a la mente los adolescentes, que en su búsqueda de ellos mismos han de presentarse a una sociedad llena de esquemas y estereotipos. Lanzar a los niños a enfrentarse a una sociedad que no puede contener lo que ellos son como personas es como lanzar centollas a una olla hirviendo: solo harás que se quemen y luego se los coman. Los vamos a destrozar por fuera y por dentro, y acabarán engrosando una estadística de la que se habla poco pero que aumenta sospechosamente cada año.
Es importante no solo dar apoyo a los niños al principio, sino también al final. Y no me refiero a padres, directivos o quien sea responsable, sino a que el contexto ha de estar preparado para enseñar, cuidar y proteger a las personas cuando el resultado no correlaciona con el sueño. Darles herramientas de resiliencia, de gestión de heridas emocionales y de comunicación afectiva para poder expresar y sanar su falta de ajuste con un contexto inmaduro para lo que nos presentan.
Me gustaría que en las empresas y los colegios existiera la figura del mentor: esa persona que no se preocupa tanto de las notas sino de la persona, que le ayude a desarrollarse, a encontrar su área de desarrollo ideal, que le guíe al principio, luego le acompañe y finalmente le vea marchar equipado con todas las herramientas necesarias para sobrevivir en una sociedad donde los valores humanos se han convertido en una línea de gastos en las empresas.
Me encantaría un mentor que escuche las ideas y las ayude a crecer y encontrar su sitio, no solo pensando en balances sino en beneficio social, tanto por lo que puede aportar en un futuro como por el sentimiento de los profesionales que están impulsando la idea sin caer en la crítica del “Paparruchas”.
Creo que hemos de añadir valor humano en todas las estructuras y no imputarlo como coste, sino como inversión. Creo que si empezamos a valorar y cuidar a las personas, si les enseñamos a creer en ellas, a ser capaces de tomar decisiones desde un lugar más social y empático, quizás dejemos un mundo mejor para los que vienen detrás.


