La coherencia no es quedarse igual, es seguir creciendo
Hace ya unos años que llevo tiempo en esto de las redes sociales y, al principio, tan al principio que no existía ni el iPhone, uno de los trucos que los expertos recomendaban para ganar visibilidad era actualizar la foto. No sé si hemos de llevarnos las manos a la cabeza con los consejos de los gurús de aquella época —que, creedme, algunos sobreviven a día de hoy— o que el sistema estuviera tan necesitado de acciones por parte de los usuarios como para mantener el feed activo.
Ahora, si entras en LinkedIn, ves que el feed está más activo; lo malo es que es menos significativo. No voy a criticar a la gente que recomienda eso de “publica mucho, que algo queda”, pero la verdad es que a veces hablamos en voz alta sin ser conscientes de si lo que comentamos aporta algo de valor al otro. Cierto que yo puedo ser el primero en hablar de lo que me interesa: las personas, la formación, el aprendizaje, la gestión de equipos y grupos, el liderazgo y sus distintos tipos, cómo gestionar la presión, cómo motivar, cómo conseguir objetivos y cómo, al final, lo importante son las personas.
El caso es que actualizar la foto significa un paso adelante y un cambio; lo podéis ver en los pelos que llevo y en que no llevo gafas. El pelo largo: he decidido que los rizos que siempre he tenido campen a sus anchas, libres y alborotados, y me he quitado las gafas, no por ser menos miope, sino porque creo que quedo mejor así, que todos tenemos nuestro momento coqueto.
Me gustaría comentar más sobre el porqué de este cambio, pero creo que el proyecto en el que estoy merece cariño, muchos cuidados y, sobre todo, paciencia. Hemos puesto mucho tiempo y hemos de dejar que siga su ritmo, dándole el tiempo y el espacio que necesita para poder salir al mundo cuando creo que sea necesario, para poder subsistir en un mundo cada vez más competitivo y, a veces, cada vez menos humano.
El crecer, ya sea porque estás en un proyecto que toca todo aquello que te apasionaba de joven, o porque quieres ser el mejor en tu área, o simplemente quieres cambiar, creo que es una necesidad básica del ser humano. Me resulta intrigante las personas que no sienten curiosidad, que aceptan todo lo que les viene, hacen su trabajo de nueve a cinco, el sábado ven su partido de fútbol o equivalente y se embarcan de nuevo en su rutina el lunes.
Creo que tener hambre por saber, sentir un punto inquieto y mirar el mundo de forma diferente, ser capaz de preguntarse “¿y por qué?” y buscar la respuesta, seguir indagando en las áreas que tú creas interesantes para cultivar tu cerebro, tu alma, lo que te hace a ti ser único, debería ser una obligación moral.
A la vez, tener la humildad para aceptar que no lo sabes todo y que todo lo que sabías podría estar equivocado. La capacidad de decir que todo lo que creías era falso y que, porque hace unos años trabajabas o vivías de una manera, no significa que esté escrito en mármol y tengas que seguir siendo la misma persona. El ser sencillo y poder ver la verdad en el otro, y quizás no la verdad, pero sí querer entender los argumentos del contrario, defendiendo unos valores por los que valga la pena luchar.
El dar y compartir todo lo que aprendes y ser sencillo para recibir lo poco o mucho que nos puedan dar los demás, porque quizás para ti que un extraño comparta un mendrugo de pan es de pobres, pero para él puede ser la comida del día y opta por partirlo contigo.
Ser igual hoy que dentro de diez años lo puedes llamar consistencia; yo lo llamo estancarse. Hemos de crecer, ya sea a lo ancho porque nuestros intereses se extienden, o hacia arriba porque nuestro interés por un área es más grande.
Me preguntarás: “¿y hacia abajo?”. Es la parte más importante, porque es la que va a sustentar toda la estructura de quién eres, crezcas o no. Y para crecer hacia abajo has de trabajar contigo mismo, en descubrir quién eres, qué quieres, qué te hace feliz y cuánto estás dispuesto a poner para, en vez de vivir la vida que otros te dictan, vivir la tuya. No hay nada más triste que equivocarse con los errores de otro por miedo a defender lo que tú creías.
Porque al final no se trata de cambiar una foto, un proyecto o una etapa, sino de atreverse a no vivir en automático. De cuestionarse, de incomodarse, de crecer hacia dentro para poder sostener lo que venga hacia fuera. De asumir que evolucionar da vértigo, pero estancarse lo paga el alma. Y de entender que la vida, como el liderazgo y el aprendizaje, no va de parecer, sino de ser.


