Fértil
Dos jardineros discutían porque las flores de uno eran más frondosas, coloridas y exuberantes que las del otro. Él lo miraba sorprendido y le contestaba: *“Es muy fácil. Yo no les digo lo que han de hacer para crecer; les dejo que crezcan y expresen la semilla que llevan dentro. Simplemente les retiro los obstáculos que les impiden realizarse.”*
Esta es la idea que me ha venido ahora, cuando estaba bajando de la razón al corazón una vivencia por la que he pasado recientemente: asistí a un evento de coaching y mindfulness, algo parecido a Lidérate desde dentro. No suelo ser una de esas personas que va, pero esta vez apagué mi lado racional y dejé que mi “jugador número dos” tomara la decisión y lo curioso, es que mi mente también decía que fuera sin dudarlo. Si las dos se ponen de acuerdo por algo debe ser por alguna razón importante, y os aseguro que así fué.
No estoy acostumbrado a este tipo de eventos. Se mezcla la parte física y la emocional, y ninguna de las dos es precisamente mi fuerte. Pero, en vez de centrarme en mi incomodidad —que duró cinco minutos— dejé a mi señor racional fuera y me di cuenta de un detalle importante: la razón está muy bien. La ciencia es maravillosa, nos lleva a la Luna, nos da penicilina, máquinas increíbles, vacunas, antibióticos y nos permite explorar el origen del cosmos.
Pero hay detalles que no vemos. Si miramos los números fríos, es evidente que estamos mejor: hace setenta años se podía contar con los dedos de una mano quién tenía una ducha de agua caliente cada día. Sin embargo, tengo mis dudas de que nuestra salud mental haya mejorado en paralelo, al menos positivamente.
Recuerdo que en la facultad de Psicología nos dijeron que, si los criterios diagnósticos de los años cincuenta se aplicaran hoy, estaríamos todos en un manicomio. Y yo soy un ejemplo claro de ello: tengo una mente que va a toda velocidad, que le cuesta desconectar, relajarse y estar presente. Soy un ansias, siempre buscando amenazas, sobrepensando todas las opciones que pueden ocurrir —desde que se nos cae el cielo en la cabeza hasta que me toca la lotería. No hay variante de realidad que no explore… y la exploro a fondo.
Todo esto me viene porque, cuanto más rápido vamos, más control perdemos. El “ahora” se convierte en “mañana”, y nunca estamos mentalmente donde está nuestra realidad. Cuando estamos en el ahora, pensamos en lo que vendrá después: la decisión que tomaremos, la compra de esta noche, el cliente que no llega, la factura que falta, el correo pendiente… Nada funciona si no estamos anclados en lo que sentimos en este preciso momento. Sin eso, somos un barco a la deriva, sin destino ni rumbo, simplemente sobreviviendo sin un plan claro.
Además, cada vez comunicamos peor. Hay un estudio que dice que hemos perdido palabras y que usamos un lenguaje mucho más corto. Somos berenjenas, paellas y emojis con dedos. Pero no es solo el lenguaje: es la comunicación no verbal, que es básica para conectar con otra persona. Ver cómo te mira, cómo mueve la cabeza, cómo gesticula, cómo siente, cómo está atento… Todo eso lo estamos perdiendo.
Nos volvemos más fríos, más mecánicos. O quizá no tan extremos, pero sí es cierto que interactuamos menos, somos menos sociales, más aislados, perdiendo parte de lo que nos hace humanos. Yo siempre digo que las alegrías compartidas son dobles y las penas, la mitad.
Creo que hay tres factores que definen una humanidad sana: la belleza, el amor y la inteligencia. La capacidad de estremecerse con algo bello —no tiene por qué ser útil, solo hermoso—, la capacidad de entender y comprender el porqué de las cosas, y lo que lo une todo: el amor. La capacidad de amar, pero sobre todo de amarnos. Es lo que nos hace trascender una realidad que, honestamente, a mí se me está quedando pequeña, y creo que deberíamos agrandarla entre todos.
Esto ya pasa en el mundo real. Los niños van perdidos, ansiosos, porque ya han de decidir lo que serán cuando se jubilen. Y no tengo yo muy claro que cerrarse todas las variantes a los 18 años sea la mejor idea. Han de escoger, cuando deberían explorar. Es un error fundamental que lleva a que alguien, por equivocarse, pierda su autoestima… y la sociedad pierda con él un posible catalizador de cambio.
Vivimos en una carrera constante: la carrera de la rata, el hámster girando dentro de su jaula intentando cazarse a sí mismo, sin conseguirlo nunca. Nos damos chutes de dopamina para tapar vacíos existenciales. Y nos afecta.
Luego lees un post en LinkedIn del súper directivo que “lo deja todo porque ha visto la luz” —y me alegro por él—, pero quizá podría haberla visto antes de despedir al 20% de la plantilla, aceptar el bonus por hacerlo y luego celebrarlo en bares de dudosa reputación. Pero bueno, al menos uno más que ha visto la luz.
Miramos el ahora sin ver el futuro. Y lo hacemos con fotos fijas que caducan a los cinco segundos. Mucho aparentar y poca presencia.
En esta sesión con Kristina Müller, que me dejó estar y compartir la experiencia, me di cuenta de que a veces la rapidez no nos da mejores respuestas. Pensar está bien, claro. Y me recordó a los libros *El arte del tiro con arco* y *El juego interior del tenis*: prepararse es bueno, entrenar es fundamental, pero en el momento de la verdad, la mente debe apartarse y dejar actuar al cuerpo, al alma, o a lo que sea que tenga que fluir. La razón, a veces, molesta más que ayuda.
Ser positivo no es engañarse; ser crítico no es machacarse.
Para acabar, quiero recomendar encarecidamente que tengamos una mente abierta y demos la oportunidad a este tipo de iniciativas que nos muestren una realidad que nos puede hacer crecer, tanto a nivel de KPIs como, sobre todo, como personas. Porque la palabra que me vino a la cabeza fue Fértil, que es la que he usado para titular este post.


