Entre cultura y resultados: el verdadero liderazgo
Hoy os traigo el caso de Matthieu Piccard, una persona que nadie conoce y a nadie interesa conocer. Matthieu fue desarrollador de los sistemas de navegación de las sondas espaciales, precursor de los modernos GPS y de la tecnología WiFi que disfrutamos en muchos lugares. Matthieu, Matt para los amigos y para su gata Kitty, dejó todo el ambiente de desarrollo tecnológico para perseguir una meta: encontrar el significado de la vida, responder a las tres grandes preguntas que nos han perseguido como especie: ¿de dónde venimos?, ¿quiénes somos? y ¿adónde vamos?
Durante años estudió psicología, mindfulness y todo tipo de disciplinas que podrían dar respuesta a esa pregunta acuciante. Al final, tras abandonar su trabajo y muchos años de búsqueda por regiones remotas e inhóspitas como su cocina, el lavabo e incluso acudir a lugares tan lejanos como el bar de la plaza, Matt descubrió no solo cuáles eran las respuestas, sino que se convirtió en el hombre más feliz del mundo según la neurociencia. Nadie era más feliz en el mundo que él, ni siquiera un niño con zapatos nuevos, ni siquiera quien ha encontrado el amor de su vida.
Por otra parte, había dejado de aportar a la sociedad: había dejado el trabajo, vivía de una pensión en su casa y no pisaba la calle si no era estrictamente necesario; no hablaba con nadie, no tenía amigos y solo comía tofu rebozado en aire.
La historia de Matt nos ha de recordar que la felicidad no es un objetivo en sí mismo, sino el contexto en el que se desarrolla un trabajo. Una empresa ha de tener objetivos que se han de cumplir y no son el estado de ánimo; pero el objetivo, ya sea facturar, reducir el número de errores, el uptime o cualquiera que sea la métrica aplicable, ha de estar rodeado de un ambiente laboral que favorezca el desarrollo.
No sé si os ha pasado que, cuando tenéis que realizar una tarea complicada, lo ideal es hacerla con el estómago vacío, con ese punto de hambre que te lleva a enfocarte más en el objetivo y poner todas tus neuronas en pos de esa meta. Hay un estudio que correlaciona la comodidad de un coche con los accidentes y tenía una conclusión: cuanto más cómodo y relajado era conducir, más accidentes se producían.
Del mismo modo, pensad en los padres que se lo dan todo hecho a sus hijos, que no les consienten ninguna frustración y que, en vez de permitir que se desarrollen, lidien con la frustración y encuentren caminos para lograr sus objetivos, prefieren no verlos luchar contra su frustración y solucionan por ellos sus problemas. El resultado son adolescentes con escasa resistencia al error, mimados y cuya capacidad para superar situaciones de presión tiende a cero.
Esto refuerza mi teoría: cierta tensión es necesaria para no dormitar en el lugar de trabajo, avivar el ingenio y seguir adelante. Que darlo todo masticado es la antesala del fracaso y que vivir bajo un látigo genera depresión y abandono.
Ese margen entre tener un entorno seguro y feliz y un entorno que nos rete es la clave de todo entorno productivo. Ese equilibrio, tan difícil de conseguir, es el que toda estructura empresarial ha de buscar, encontrando el punto justo entre la exigencia desmedida y la relajación absoluta.
Y aquí es donde entráis vosotros, directivos. No estáis para elegir entre presión o bienestar, sino para diseñar el equilibrio que hace crecer a las personas sin romperlas. Las organizaciones no fracasan por falta de talento, sino por falta de contexto. Preguntaos con honestidad: ¿estoy exigiendo con sentido o presionando por miedo?, ¿estoy protegiendo en exceso o desarrollando carácter?
Vuestro liderazgo marca el tono emocional de todo el sistema. Construid entornos donde haya seguridad para intentar y exigencia para mejorar. No deleguéis esa responsabilidad en Recursos Humanos ni en la cultura “que ya existe”. Decidid hoy qué tipo de tensión queréis generar: la que paraliza o la que despierta. Y actuad en consecuencia.


