El síndrome del salvador en equipos y relaciones
Hay una escena al final de la película La lista de Schindler donde Oskar se lamenta porque pensaba que podría haber hecho algo más. Es un pensamiento que nos asalta la mente, sea cual sea la circunstancia, pero especialmente en lo relativo a nuestras relaciones. Si hubiera dicho, si hubiera hecho, si le hubiera… todos son condicionales sobre un pasado que no podemos cambiar.
En el caso de la película, entiendo la carga que lleva porque hablamos de un momento en la historia donde pudimos comprobar que incluso la sociedad más culta del mundo en aquel momento podría caer tan bajo como para convertirse en sinónimo del mal. Ahora olvidémonos de este contexto y planteemos la pregunta.
¿Podría haber hecho algo más por otra persona? Y la respuesta va a ser siempre sí, por mucho que hayamos dado todo lo que teníamos y nos hayamos dejado la piel, la salud y la paz mental intentando ayudar a alguien. Suena idílico salvar a una persona, hacerse responsable de sus problemas, tomarlos como tuyos y cargarlos como si fueran tu cruz. A todos nos gusta dibujarnos como buenas personas e integradas en la sociedad, y negar tu ayuda a alguien no entra en lo que llamaríamos la moral imperante: hemos de dar una mano amiga a nuestros vecinos.
Pero ahora mismo empiezo a tener mis dudas, y una frase me viene a la cabeza que nos dijo un profesor de psicología hace tiempo: “no puedes ayudar a quien busca tu atención y energía en vez de herramientas para salir de su situación”. Es el equivalente mental del principio que tienen los salvavidas de no dejarse agarrar, porque si pasa, los dos acaban ahogados.
Reconozco que me pareció de perogrullo: si no quiere ayuda, no puedes ayudarle. Pero mi capacidad intelectual no era capaz de ver que una persona que ha desarrollado su personalidad basándose en buscar la ayuda de otros es capaz de mimetizar sus sentimientos para que todos crean que sí busca ayuda y, además, que la necesita desesperadamente. Ejemplos tenemos en los trabajos en grupo, en los que uno de los miembros solo aporta el nombre en la portada con excusas de lo más peregrinas; en el deporte; en la amistad, el clásico amigo gorrón al que le toleramos por razones que no comprendemos; y, por supuesto, en la empresa, donde se podría escribir un libro sobre cómo esquivar toda responsabilidad, culpar a otro, acaparar recursos y atención y, encima, salirse con la suya.
Si estos perfiles encuentran a un cuidador, a una de esas personas que por educación, vida personal o llamada vocacional necesitan sentirse útiles, apreciados o valorados, son víctimas propiciatorias. Van a pegarse a ellos para extraer todo lo que necesitan, quizás sin maldad. Volcarán sus problemas en ellos y, con la experiencia, habilidad y debilidades de quienes buscan este sentido de servir, sin ser conscientes, van a vivir una vida que no es la suya porque están intentando arreglar una vida que tampoco lo es. Quizás porque tengan miedo de enfrentarse a su propia realidad y les resulte más cómodo esconderse detrás de otro.
Esta situación la he visto tantas veces en la empresa, y a lo largo de todo el escalafón. Aquí no influyen los conocimientos intelectuales: puedes tener dos MBA y cuatro ingenierías y caer en estas trampas, o simplemente ser el operario del fin de semana y estar viviendo este rol.
Para cortar estas relaciones tóxicas y recuperar el control de tu propia vida, hemos de estar atentos a varias pistas que, sin ser exhaustivo, podríamos desglosar:
No quieren soluciones: todas son equivocadas, no les funcionan o no han podido. Lo único que buscan es una excusa para no hacer o para que hagan por ellos una tarea, o para que la responsabilidad no caiga sobre ellos, pero sí los beneficios.
Aparecen solo cuando te necesitan, ni antes ni después. Esto ya de por sí es una pista de que solo les interesamos por lo que podemos hacer por ellos, no por nosotros mismos. Mal principio para una relación sana.
El chantaje emocional es su moneda, con frases para la posteridad como “lo que yo he hecho por ti”, “pero tú sin mi ayuda no serías nada”, “me vas a dejar así, muriéndome o en el paro”, que ya son clásicos de este sector.
Cada vez estoy más convencido de que las personas han de ser autoconscientes, responsables y capaces de gestionar su vida de forma independiente. Que en todos los ámbitos de la vida hemos de poder desarrollarnos de forma individual sin necesidad de otro; que las cooperaciones se basan no en la necesidad, sino en la voluntad de crecer de forma conjunta en busca de un objetivo común. No podemos atarnos ni cargar con personas ni proveedores que no quieren mejorar, que solo quieren escapar de sus problemas, que no ven la vida como una opción para aprender, experimentar y x2salirse de los límites que les impuso el destino al nacer.
Así que, si estás al mando de un equipo y detectas que tienes una relación parecida con un trabajador, cuidado, porque quizás tú te veas como un salvador, pero al resto del grupo no le va a sentar nada bien esta asimetría en la relación. Has de ser justo, sobre todo contigo mismo, y reconocer por qué lo haces y cómo devolver a cada persona su responsabilidad en el logro de los objetivos definidos por la empresa.
Si algo de todo esto te ha incomodado, no lo apartes. Obsérvalo. Revisa en qué relaciones estás cargando con responsabilidades que no te corresponden y pregúntate qué obtienes realmente a cambio de ese rol de salvador. Porque ayudar no es asumir la vida del otro, y liderar no es proteger indefinidamente a quien no quiere crecer.
Detente, toma distancia y devuelve a cada persona lo que es suyo: su problema, su decisión y su responsabilidad. Ahí empieza el respeto, hacia el otro y hacia ti mismo.
Y si te reconoces en este patrón, no lo afrontes solo. Contrástalo, háblalo y ponle nombre con alguien de confianza. El cambio no empieza ayudando más, sino eligiendo mejor desde dónde ayudas.


