El hábito que decide cuando hay presión
Como ya sabéis algunos, soy entrenador de formación en un club de baloncesto y una de las frases que más repito es la de jugamos como entrenamos. Si uno se toma el entreno como un momento de hacer cuatro ejercicios para luego ducharse y tener la sensación de que has hecho deporte y mejorado, luego, en los partidos, lo más habitual no es que pierdas, sino que serás incapaz de hacer tu juego y hacer brillar todas las cualidades que tienes como jugador.
Todos los jugadores tienen un imaginario privado donde destacan por algo, ya sea por meter más puntos, mejores pases o grandes defensas —os ahorro el misterio, la mayoría quieren meter puntos—, pero todos estos sueños necesitan centrarse, bajar a la realidad y, como dice una amiga, tomar acción. Y este tomar acción sería trabajar al máximo de tus capacidades cada día, no aparecer por el entreno como el que viene a tomarse un café con leche.
Los entrenadores, si de verdad nos queremos llamar así, hemos de convertir el entreno en la parte más dura de la semana; el partido tiene que ser el día de descanso. Cada entreno ha de ser una prueba de esfuerzo a medida para cada uno de los componentes de tu equipo, y sí, digo a la medida de cada uno de ellos. Todos son diferentes y todos han de ser retados en su rango de exigencia para no pasarse y que se sientan inútiles, ni demasiado poco y que se aburran y lo dejen. Has de fijar objetivos para cada uno de ellos como individuos y, lo más importante y para mí lo más interesante, como grupo.
Decían que el baloncesto es un deporte individual que se juega en equipo. Tiene parte de razón porque, al final, por muy bueno que seas y por muchos puntos que puedas meter, dependes de un equipo que te pueda acompañar, y ojo, al que tú puedas acompañar. Todo esto se ha de entrenar: la capacidad de esfuerzo, de sacrificio y todos esos lugares comunes de los que se habla en muchos libros. Pero poco se habla de la capacidad de sacrificio altruista para que el grupo, tu equipo, gane. Esto también se entrena.
Conseguir que todos y cada uno de los miembros de un grupo confíen el uno en el otro no es un milagro, es trabajo, son horas de entreno. Inculcar la mentalidad de que uno se sacrifica para que otro tenga la ventaja se entrena. Que todos tengan la mentalidad de que nadie se equivoca queriendo y que es mejor apoyar que criticar se entrena. Renunciar a meter dos puntos porque pasándola a otro jugador la probabilidad de anotar aumenta se entrena.
Cada uno de los pequeños detalles del juego se puede entrenar y se debe entrenar. Porque cuanto más se entrene, más se interiorice, más sencillo es que cuando estemos en situación real de partido no nos quedemos bloqueados. Porque os aseguro que te bloqueas cuando quedan cinco segundos, te están apretando y toca anotar si no quieres quedar descalificado del torneo. Si conseguimos apagar nuestro pequeño ordenador, cabezón, cuadriculado, obsesionado con el control y al que llamamos cerebro, y dejamos que el aprendizaje, el cuerpo, tome el control y decida sin interferencias, las probabilidades de éxito son mayores.
Ese momento que separa a los elegidos para la gloria del resto es su capacidad de aplicar el entreno de forma inconsciente, sin que su mente empiece a jugar sucio con nosotros mismos: es que he fallado la de antes, es que estoy cansado, es que me mira mal, es que el árbitro es malo, es que el entrenador me tiene manía. Si conseguimos apagar todos estos pensamientos y vivir en un estado de juego sin activar más neuronas de las necesarias, no sé si la pelotita entrará, pero habremos ejecutado todos los pasos correctos para que ocurra.
En la empresa y en la vida real nos ocurre lo mismo: esperamos a que llegue el momento para rendir sin haber entrenado, y esto nos lleva al desastre. Esto ocurre porque no entrenamos nuestra mente para que nuestro pensamiento ejecute las acciones que definen nuestra conducta en función de la realidad que percibimos para buscar nuestros sueños. Con lo que, al final, los resultados no llegan, nos sentimos mal con nosotros mismos y alimentamos esa cabeza nuestra que se deleita con todos los escenarios negativos posibles.
Con lo que no es posible cambiar en cinco minutos la forma que tienes de comportarte. No puedes esperar a que llegue el día de presentación del proyecto y, de forma mágica, tengas un arrebato de autoconfianza, la unción mágica del espíritu de Santa Presentación y el arrebato didáctico de Sócrates. No suele ocurrir; todo esto necesita trabajo previo.
Es la razón por la que no me canso de insistir en que entrenemos nuestra mente, nuestro juego interior, para poder llegar al día de la reunión importante -con cliente, de aumento de sueldo, de entrevista de trabajo, de deadline de proyecto- con todas nuestras habilidades afiladas, con la mentalidad correcta y que, sea cual sea el resultado, salir orgulloso de nuestro esfuerzo. Y me da igual si vas a un coach, un psicólogo o como quieras llamarlo: si quieres progresar, necesitas entrenar, y si tienes un tutor, mentor o un amigo excepcional, ese es el camino a recorrer. ¿O qué vas a hacer? ¿Que los demás definan tus sueños para descubrir que nunca viviste tu vida a tu pleno potencial?


