El coach definitivo
¿Os suena esta situación? Es principio de año y decidís: voy a hacer un planning para conseguir mis objetivos, sean cuales sean, pero entre ellos siempre está hacer deporte, aprender idiomas, tener tiempo libre para mi vida privada o incluso estudiar una carrera. Algunos lo planeamos todo al detalle, exprimiendo la agenda al máximo, pero entonces entran los imponderables.
En este justo momento la realidad sonríe, mira a sus amigos Destino y Fatalidad, se frota las manos y da rienda suelta a su ya de por sí fértil imaginación: la nevera se estropea, el proyecto en el que estás se complica, aparecen clientes potenciales y has de invertir tiempo en convertirlos, tu hijo se pone enfermo o, directamente, tienes goteras por culpa de un vecino despistado.
Todos tenemos este sesgo: creer que las tareas que tenemos por delante nos van a llevar menos tiempo del que realmente van a consumir. Y luego existe la ley de que todo proyecto tiende a ocupar todo el espacio disponible, con lo que no somos muy buenos haciendo proyecciones. Tenemos un sesgo optimista que nos lleva a creer que somos más capaces de lo que la realidad objetiva indica.
Pero esto, yo creo, es bueno. Es importante que apuntemos más alto de lo que podemos conseguir. Es como la metáfora del arquero, que nunca traza una línea recta entre la punta de su flecha y la diana, sino que apunta más alto, más arriba. Y esto es lo que debemos hacer: apuntar alto dentro de nuestro margen de capacidades, tensar el arco lo más posible y dejarlo ir, confiando en que la flecha encontrará su camino.
Marcarnos retos y objetivos no solo es deseable, sino necesario, pero del mismo modo que imaginarlos no es condición suficiente, a veces necesitamos un pequeño extra para demostrarnos que realmente queremos conseguirlos. Y es ahí donde aparece mi coach definitivo, que viene con muchos nombres y no seré yo quien le quite su magia usando el mío. ¿Qué enriquece más a una persona que pide valor? ¿Darle directamente valor o colocarle en una situación en la que tenga que demostrarlo?
Llevo ya unos cuantos años caminando por la faz de la Tierra. He tenido sueños que he abandonado al primer contratiempo; bueno, quizás no al primero, pero sí que me ha costado ser constante y consistente. Esta es una lección que he acabado aprendiendo con el tiempo: que sin consistencia, sin la capacidad de aguantar los imprevistos, los sueños no se convierten en nada más que en una fuente de tristeza y baja autoestima. Si decimos que queremos conseguir algo, pero no somos capaces de poner el esfuerzo necesario y decimos que “están verdes”, como decía la zorra, hay dos opciones: o no lo queríamos o no valemos. Cualquiera de las dos es una mala simiente para sembrar en nuestros hábitos.
Porque, en el fondo, esto va de hábitos y de la capacidad para mantenerlos. Si quieres ir al gimnasio, puede que te emociones y quieras ir todos los días, pero quizás sea mejor ir tres días a la semana, o incluso dos. Lo ideal es crear una rutina que seas capaz de mantener, que no sea muy dura de implementar, y sostenerla durante un largo periodo de tiempo. Es así como se crea el carácter: a base de mantener una rutina constante.
Poca gente que conozco ha sido capaz de mantener una rutina intensa para un objetivo y conseguirlo. Al final siempre se rompe por algún lugar y, al esforzarse tanto, es lo primero que se deja cuando la realidad practica técnicas de persuasión. Es fácil pensar en subir la montaña; es más difícil subirla en un solo día. El proyecto sensato es subir un poco cada día y, con consistencia, conseguiremos una rutina que nos llevará a la cima, nos llenará de dopamina y presentará más resistencia a los contratiempos.
Pero ojo, y esto es importante: a veces realmente no podemos conseguirlo. Por mucho que pongamos el alma en algo, la vida tiene planes totalmente diferentes, y dejar ir proyectos, sueños o ideas porque la agenda no nos da para más requiere una sabiduría y una templanza tan altas o más que las de seguir. Encontrar el breaking point entre lo posible y lo imposible requiere un autoconocimiento que no siempre está a nuestro alcance, y una templanza para dejar ir opciones para cuando nuestra vida tenga espacio requiere una madurez mental que no todos tenemos; yo, entre ellos.
Otro punto que me gustaría recalcar en este mundo del coach definitivo es que nos contemplemos como un todo y, sobre todo, como algo más que el resultado de nuestras acciones. Cierto que a veces nos definimos en una palabra: soy consultor, soy experto… una palabra que es incapaz no solo de contener todo lo que representamos —ser padre, entrenador, consultor, facilitador, etc.— sino que además, para cada persona puede tener una traducción diferente. Si os pregunto qué es ser padre, todos tendremos nuestro imaginario particular de lo que significa; estaremos de acuerdo en algunos aspectos, pero en otros muchos no coincidiremos.
Ser más que el resultado de nuestras acciones, por más que sea lo más fácil de medir, como a los comerciales. Por eso tampoco podemos medirnos solo por los resultados de uno de nuestros objetivos. Como he comentado antes, no siempre podemos atenderlos a todos. Del mismo modo que pedimos que no nos quieran solo por lo que conseguimos como profesionales, no nos juzguemos con el mismo baremo: somos valiosos por nosotros mismos.
Y por eso el coach definitivo nos plantea retos. A veces los aceptamos todos, a veces solo algunos, pero son situaciones que nos ponen a prueba: nuestra capacidad de seguir, nuestra capacidad de distinguir qué puedo y qué no puedo hacer y, en última instancia, darnos cuenta de que somos mejores de lo que pensamos sobre nosotros mismos.
Y vosotros, ¿qué reto os ha puesto vuestro coach interior?


