Cambiar la cultura empieza por pequeños gestos, no por grandes discursos
El hombre es un animal social. Algunas personas necesitarán más este contexto de grupo y otras menos, pero todas tenemos la necesidad innata de encontrar un grupo con el que identificarnos, aunque sea en formato Groucho Marx, que decía que nunca sería miembro de un club que le aceptara como miembro.
Buscamos un grupo para satisfacer unas necesidades básicas, que se pueden agrupar en estas categorías:
Sensación de pertenencia: No queremos sentirnos solos y queremos ser reconocidos por los demás y formar parte de algo más grande que nosotros mismos.
Comprensión colectiva: Tener un marco común de creencias y teorías refuerza la seguridad, y esto lo proporciona el grupo, dando cobertura a lo que pensamos y creemos.
Perfeccionamiento de sí mismo: Ser parte de un grupo nos ayuda a creer en nosotros y nos da contexto y seguridad para que el mundo tenga sentido.
Control: Nos da un sentido de seguridad, de que todo tiene una coherencia y nos proporciona estabilidad con el entorno y los demás.
Confianza en los demás: Se crean vínculos que nos permiten confiar en que el otro será como tú y podrás contar con que sus valores y respuestas estarán dentro de lo definido por el grupo.
Lo interesante es que buscamos el grupo para sentirnos parte de algo más grande. Cada uno tiene un grupo o más; de hecho, cuanto más grupos estés involucrado, mejor.
Pero lo que me parece interesante es tener en cuenta este detalle importante que los psicólogos llaman “el efecto de discontinuidad entre individuo y grupo”, que demuestra que las personas, cuando actúan como individuos, pueden ser más sociales y cooperativas que cuando representan a un grupo. El ejemplo más fácil: dos aficionados al fútbol pueden hablar sobre su deporte favorito sin mayor problema, pero en cuanto entra el concepto grupo —yo soy del equipo A y tú del B—, la defensa del grupo se torna mucho más agresiva.
Esto nos lleva a mi afirmación que sostengo desde hace mucho tiempo: las personas son maravillosas, pero cuando se juntan se convierten en algo distinto a la suma de ellas, para mal y muchas veces para peor, aunque hay excepciones.
Aquí es cuando entiendes por qué cada grupo se defiende contra el otro por encima de valores que podríamos llamar superiores: directivos vs empleados, políticos vs ciudadanos, ricos vs pobres, futboleros vs otros deportes.
Quizás es por esto que cuesta tanto cambiar ciertas estructuras y formas de gestionar la vida, las empresas y la sociedad. Los grupos se autoperpetúan, heredando valores y protegiéndolos contra cualquier tipo de interferencia. ¿Qué opción tiene un directivo de cambiar el enfoque monetario a uno más humano? ¿Cómo se va a enfrentar a su grupo? ¿Cómo va a convencer al otro de que está buscando una mejora colectiva? La verdad es que ambos lo repudiarán y es posible que acabe expulsado, lo cual tiene un coste emocional muy alto.
Entonces, ¿cómo podemos cambiar la cultura de un grupo, sabiendo que la cultura se transmite por tres vectores?
Vertical: la familia, el primer núcleo de información que recibimos y que nos marca al principio.
Oblicua: la influencia que figuras adultas y con prestigio intelectual —o lo que queda de él— ejercen sobre nosotros.
Horizontal: lo que llamaríamos los mass media, influencers o personas con las que nos relacionamos no tanto por su prestigio intelectual, sino por la relación de iguales que creemos establecer con ellos. Aquí también incluiría amigos y pares, porque creo que son básicos para crear los valores sobre los que buscamos un grupo.
Está claro que si queremos cambiar la forma en que estructuramos la sociedad, hemos de empezar a transmitir valores diferentes a las generaciones que vienen, para que ellos, en función de las ideas que hemos transmitido y los valores que hemos reforzado, busquen o creen el grupo que las pueda representar y defender.
No es imposible; de hecho, los valores de grupo cambian y tenemos ejemplos cercanos: hace 100 años a los homosexuales se les condenaba a pena de muerte, las mujeres no podían votar y existía la teoría psicológica de que la gente era más idiota cuanto más cerca del ecuador nacía. Esto está superado; creo que hemos mejorado como sociedad, pero queda trabajo por hacer.
Leo y escucho a muchas personas que no están conformes con cómo se está gestionando la sociedad, que no les convencen los valores que están viendo. Pero la pregunta es: ¿qué estás haciendo? Sí, es verdad, todos tenemos problemas que nos afectan y salvar el mundo nos queda un poco grande, pero ¿y si simplemente te preocuparas de hacer tu entorno mejor? No digo que vayamos todos dando saltos encima de una zodiac para salvar las ballenas o impedir que se deforeste el Amazonas. No necesitamos grandes gestos; necesitamos muchos pequeños gestos de personas corrientes, como fue Rosa Parks y tantos otros.
Como me decía una amiga: quizás no podamos cambiar la sociedad, pero sí intentar que la sociedad no nos cambie. Y simplemente con esta pequeña victoria podemos dar ejemplo a alguien. Que el ejemplo de honestidad y coherencia le sirva de inspiración y se sume a ese movimiento silencioso de ser honesto con lo que crees y defenderlo, en vez de usar el clásico “es que siempre se ha hecho así”.
Soy consciente de que conseguir solo eso, que la sociedad no te cambie, es todo un triunfo y que siempre hay tentaciones. Pero os pido eso: no cambiéis, defended lo que creéis que es justo y, si las fuerzas flaquean, buscad a otros como vosotros o acudid a un coach o un profesional para que os ayude a encontrar esa fuerza interior para ser fieles a vosotros mismos.
Publicado en tatxe.org


