París bien vale un pancholà
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Pues nada, que ya hemos vuelto del París de la Francia... de hecho volví este Jueves pasado sobre las 12 de la noche, pero con los xurumbels y mi vagancia clásica no me he sentado a decir nada al respecto. Que sus voy a contar yo de Paris que no haya hecho ya el cine, la literatura y la mitología urbana, probablemente nada que os interese oir, porque como cascarrabias profesional que soy, a mí no me acabó de gustar. Es una ciudad que se nota que es antigua, que tiene solera, pero tanto edificio recargado con tanta acera estrecha es algo que me produce claustrofobia.

A parte de mi fobias y filias arquitectónicas, una de las cosas que más me llamó la atención (tanto a mí como a mi estómago) fue la odisea de intentar pedir un café con hielo en una de esas terrazas tan monas y tan de postal. A pesar de contar con un individuo que habla esa idioma, y de pedirlo de forma tanto verbal como gestual, el camarero dijo... oui y al final nos trajo una cosa que se llama Cafe Frappe (o algo así). El caso es que este brebaje, más que en restaurantes, debería de venderse en farmacias como laxante. A los quince minutos exactos estábamos todos corriendo hacia el hotel, exactamente hacia el waterclose. A parte de esta experiencia, hay que reconocer que los croissants los hacen de muerte y que la cena a la que fuimos (con los supercapitostes de la empresa) fue exquisita.

A nivel más profesional, no voy a contar mucho porque estamos todavía ubicandonos, pero si hay que destacar a dos personajes claves. Uno, al que llamaremos etílico solitario, que le dió por llamar decart a mi jefe (cosas de la resaca) y a otro individuo que incapaz de acordarse de nuestros nombres, nos puso motes: el sueco, el jefe y el brasileño. Totalmente alucinante.

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